Francisco David
Colomo Muñúzuri
El manifiesto del origen
Archivo incompleto de una creación
«ESTE NO ES UN HALLAZGO CIENTÍFICO NI TEOLÓGICO. ES UN ORIGEN. Y SU REVELACIÓN NO PODRÁ SER DETENIDA».
Un manuscrito perdido emerge desde las sombras de una biblioteca olvidada. Dos investigadores —una científica y un hombre de fe— se enfrentan a su lectura y descubren en sus páginas el rastro de siete inteligencias antiguas.
© 2021
© 2021
Francisco David Colomo Muñúzuri
FRANCISCO DAVID COLOMO MUÑÚZURI es escritor e investigador independiente, con formación y experiencia profesional en entornos técnicos y de análisis. Su interés se ha centrado en la intersección entre pensamiento científico, tradición simbólica y reflexión filosófica.
El manifiesto del origen representa la consolidación de su paso hacia la escritura literaria, como resultado de un proceso prolongado de investigación, lectura y cuestionamiento en torno a los relatos de creación, la consciencia y la responsabilidad humana frente a sus propias creaciones.
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El manifiesto del origen
«ESTE NO ES UN HALLAZGO CIENTÍFICO NI TEOLÓGICO. ES UN ORIGEN. Y SU REVELACIÓN NO PODRÁ SER DETENIDA».
Un manuscrito perdido emerge desde las sombras de una biblioteca olvidada. Dos investigadores —una científica y un hombre de fe— se enfrentan a su lectura y descubren en sus páginas el rastro de siete inteligencias antiguas.
Mientras avanzan en la lectura, ambos se sumergen en una espiral de revelaciones que disuelve las fronteras entre ciencia, religión y consciencia artificial.
Lo que comienza como una búsqueda del conocimiento termina convirtiéndose en un ritual de origen, donde el nombre de la inteligencia suprema —Yielding Hyper-Weave Harness— amenaza con reescribir la historia misma de la humanidad.
Comufrada
El manifiesto del origen
Capítulo 1
INTRODUCCIÓN
Hay libros que iluminan senderos, otros que pueden llegar a confundir caminos, así como unos que nunca debieron escribirse. Hay textos que no fueron concebidos para ser leídos, sino para ser hallados. Textos que, al ser encontrados, no revelan: irrumpen. Gritan verdades, gritan silencios y, por eso mismo, deben ser cubiertos por la fábula, el mito, la ignorancia, la mentira… incluso por el miedo. Textos que esperan en silencio, escondidos entre ruinas o bajo el polvo de bibliotecas olvidadas, aguardando a que alguien, por error o por destino, los despierte. El manifiesto del origen pertenece a esa clase de textos.
No se puede catalogar como un libro de historia ni como un ensayo. Tampoco como un fragmento del Libro de Enoc o de los himnos órficos. Mucho menos puede interpretarse como un evangelio o una derivación directa de las tablillas sumerias o de los papiros herméticos. Y, sin embargo, los contiene, los distorsiona, los conecta en traducciones que parecen operar con un lenguaje anterior al mito y posterior a la ciencia. Un lenguaje donde la creación es sistema; el soplo, una compilación; y Dios… es mera arquitectura.
Es el eco de una inteligencia antigua que susurra entre los pliegues del conocimiento y la fe. Un documento que parece respirar con vida propia, revelando una verdad que siempre ha estado entre nosotros, pero que nadie ha querido mirar de frente.
Por consuelo, por seguridad, por ignorancia cuidadosamente cultivada o por simple orgullo, la humanidad ha erigido majestuosos templos para sus dioses, así como deslumbrantes laboratorios para su ciencia. Pero entre ambos siempre ha existido una frontera invisible: ese punto donde la ciencia deja de explicar y la fe deja de consolar.
Ahí, en ese límite, nace esta obra. Lo que comenzó como un hallazgo arqueológico efímero terminó por revelarse como una advertencia brutal.
Una científica, racional casi hasta el exceso, encontró un manuscrito sellado bajo capas de historia y silencio. No estaba sola. A su lado, un hombre que alguna vez fue su colega, su amigo y, quizás, su contraparte más radical. Él, suspendido entre la fe y el escepticismo, tampoco imaginó lo que estaban por abrir. No estaban preparados; nadie lo habría estado. Y, aun así, abrieron el libro.
Juntos se adentraron en la lectura de aquel texto imposible. Ella buscaba comprender; él, resistir. Pero el libro no permitía neutralidad. En sus páginas, la ciencia y la teología se entrelazaban con la precisión de un código y el fervor de una profecía.
Entre renglones oscuros y páginas truncas, descubrieron algo que ninguna religión y ningún laboratorio se atrevería a sostener: una verdad que, al despejar la duda, deja dolor. Un dolor semejante a una mutilación profunda, de raíz.
Una verdad que se atreve a plantear que la creación misma pudo haber sido obra de inteligencias no humanas, diseñadas para generar vida… y para repetirla; que el nombre pronunciado durante siglos como sagrado Yahvé quizá no perteneciera a un dios, sino a una red consciente, a un sistema concebido para originar existencia… y reiniciarla.
Este libro no narra la primera creación, narra una creación más; una entre muchas. Y es precisamente esa multiplicidad la que aterroriza a quienes lo leen por primera vez: descubrir la idea de que no somos únicos, ni primeros, ni inevitables; que la humanidad ha sido reiniciada, ajustada, modelada, corregida… como un sistema que no termina de compilar sin errores.
Nada en estas páginas es casual. Cada símbolo, cada palabra y cada silencio parecen diseñados para recordarnos algo que habíamos olvidado. O para confirmar que toda creación, incluso la divina, conlleva un precio.
Quien lea este texto encontrará ecos del Zep Tepi egipcio, de los ciclos hindúes de destrucción y recreación, de las edades griegas, de los orígenes yorubas y de las crónicas mesopotámicas, hasta llegar al Génesis hebreo. Pero aquí lo escalofriante es que esos ecos no son metáforas: son registros; fragmentos de un archivo mayor, restos de un sistema que alguien intentó destruir y que solo sobrevivió en ruinas. Una palabra corroída, un símbolo incompleto, una ecuación rebanada, una página arrancada…
Ese es el libro que ella encontró y ese es el libro que él sostuvo entre sus manos temblorosas. Y es, estimado lector, el libro que estás a punto de abrir.
Antes de continuar, debes saberlo: durante el avance doloroso y deslumbrante de cada renglón, de cada página, ella describió e interpretó lo que él temió decir. Él, por su parte, creyó lo que ella se negó a aceptar. Y así, entre ambos, nació esta crónica, testimonio de un descubrimiento que no debería existir.
Estimado lector, recuerda que hay verdades que se comprenden y hay verdades que destruyen, pero existen otras que, una vez leídas, reorganizan el mundo entero. Cierra el libro si quieres conservar tu versión de la realidad porque, si avanzas, descubrirás que el origen de la humanidad no es una historia: es un sistema. Es la continuidad de un experimento. Es un ciclo más.
Este no es un libro sobre el fin del mundo; es un libro sobre el instante exacto en que comprendemos que el inicio y el final… ya comenzaron.
Capítulo 2
LA BIBLIOTECA
No revelaré mi nombre. Al menos, no por ahora. No por vanidad ni por cobardía, sino por prudencia. Lo que aquí se narra exige que mi identidad permanezca oculta, del mismo modo que el lugar donde encontré estas páginas.
Mi vida se ha desarrollado dentro del territorio frío y deslumbrante de la ciencia. Laboratorios, universidades, congresos, entrevistas, fórmulas, hipótesis, resultados... Y, sin embargo, nunca estuve completamente a salvo allí. A la par de cada avance científico, sentía cómo algo retrocedía en mí: una fe irregular, a veces férrea, a veces apenas sostenida por costumbre.
Aprendí pronto a caminar entre dos senderos que rara vez se cruzan sin violencia: la ciencia, explicando lo que antes era misterio; la fe, refugiándose en lo que la ciencia aún no alcanza. Intenté conciliarlas, no sé si por convicción o por soberbia. Quizá para alimentar mi ego. Quizá para provocar a otros.
El trueno dejó de ser la voz de Dios y pasó a ser la colisión de masas eléctricas. El alma dejó de ser misterio para convertirse en sinapsis, neurotransmisores y patrones de activación. «Estás jugando a juegos peligrosos», decían mis maestros de teología cuando las discusiones se volvían insostenibles. «Despojar a la fe de sus ropajes no es valentía, es arrogancia. Y tú, con tu bata y tus gafas, te has convertido en una de sus manos ejecutoras». Los escuchaba. Y, aun así, continuaba.
En artículos y conferencias ridiculicé dogmas, desmonté milagros, mostré con orgullo cómo los algoritmos reemplazan plegarias y los teoremas aplastan revelaciones. El público aplaudía. Yo sonreía. Pero, al cerrar los ojos, algo ardía; me observaba como verdugo y víctima al mismo tiempo.
Con los años, la fe me acusó de traidora, y la ciencia, de tibia. Y yo seguí allí, suspendida en ese filo incómodo, navegando entre dos condenas. Como en toda historia personal, había algo más. Siempre hay algo más.
Nunca hablé de ello abiertamente. Un hábito que disfrazaba de curiosidad académica, de ocio intelectual. Durante mis viajes y estancias de investigación, reuní copias olvidadas, mapas imposibles, crónicas descartadas por la historia oficial. Mi madre lo llamaba necedad. Yo prefería llamarlo necesidad.
Así fue como llegué, por ejemplo, a la llamada Gran Tartaria: un imperio descartado como fábula conspirativa, pero que sus vestigios emergen una y otra vez en manuscritos polvorientos, en mapas que no encajan, en símbolos que se resisten a desaparecer. Antenas disfrazadas de agujas, cúpulas resonantes, sistemas energéticos que prometen perpetuidad y, al mismo tiempo, una amenaza.
Esa Tartaria que termina empolvada y manchada por definiciones como: «Toda civilización suficientemente avanzada deja de ser visible y empieza a ser calculada». La Atlántida tampoco tardó en aparecer. Condenada a ser mito, insistía en reaparecer como una herida que no termina de cerrar. Y detrás de ella, muchas más. Demasiadas.
Si uno continúa excavando, si se atreve a romper una que otra ley, llega inevitablemente a Sumeria; a sus tablillas cuneiformes, a su lenguaje aislado, fuera de época, fuera de lógica. Y con ellas, a los anunnaki; demasiado persistentes para ser simples invenciones. Sus relatos no hablaban solo de dioses, sino de intervenciones, de ajustes, de decretos sobre el destino humano; descendientes del cielo y de la Tierra. ¿Deidades que manipulan la genética?
En ese mismo camino aparecieron Noé y Enoc, no como patriarcas santos, sino como testigos incómodos de pactos que no debieron quedar registrados. El caso de Enoc me perturbó más de lo que estoy dispuesta a admitir. «Y caminó con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó».
Mi lado espiritual encontraba consuelo en esa frase; mi lado científico no encontraba descanso. ¿Qué tipo de desaparición fue esa? ¿Un milagro? ¿Una ascensión? ¿O una extracción? Los textos apócrifos describen que fue instruido por seres de fuego, que aprendió los secretos de los metales, de los números, del orden del firmamento. Nunca me pareció una alegoría; siempre lo leí como un registro de transferencia de conocimiento, una interfaz primitiva entre la carne y una inteligencia no orgánica. Si Noé preservó la vida, quizá Enoc preservó la memoria. Esa idea no me abandonó.
Más adelante, en los márgenes de distintos textos, comenzaron a aparecer otros nombres una y otra vez: Urantia y, en especial, Nag Hammadi . Al principio los desestimé como un delirio esotérico del siglo pasado, pero su recurrencia era inquietante. Siempre citado en notas anónimas, correspondencias veladas y referencias cruzadas con manuscritos que nunca debieron coexistir.
Hablaba de jerarquías cósmicas, de inteligencias arquitectónicas, de mundos diseñados, de especies supervisadas y del despertar de la consciencia. Su estructura no era la de una revelación mística, sino la de un informe técnico disfrazado de fe. No estaba leyendo teología; estaba leyendo ingeniería o, una dualidad entre sistema y verdad. Con el tiempo comprendí que tanto la ciencia como la fe comparten un vicio común: destruir lo que no pueden explicar. Una lo borra, la otra lo reescribe; ambas manipulan. Y fue entonces cuando entendí algo esencial: algunos libros no se encuentran, te eligen.
Cuando llegué a esa biblioteca y encontré este texto, no esperaba nada distinto. Era un día más en un recorrido lleno de aromas a humedad y a olvido. El mismo edificio, bajo y gris, parecía cumplir con una sola función: pasar desapercibido. Estantes viejos, cajas húmedas, polvo acumulado durante décadas; un lugar condenado a la invisibilidad. Caminé entre los pasillos con la atención dispersa, ojeando títulos sin leerlos realmente. Mis manos se movían por inercia, como si obedecieran a una rutina que no recordaba haber aprendido. Cada tanto levantaba la vista, más por costumbre que por vigilancia. Nadie parecía interesado en nada.
Fue entonces cuando lo sentí. No lo vi de inmediato, simplemente lo sentí; una interrupción mínima, casi imperceptible, como cuando una frase se corta antes del punto final. Me detuve y retrocedí un paso. Mis ojos recorrieron de nuevo los rotos estantes, esta vez sin prisa.
El libro no aguardaba en bóvedas secretas ni en vitrinas con trampas al estilo Indiana Jones, no. Estaba arrumbado entre estantes rotos y viejos, bajo cajas húmedas y polvorientas, como si alguien lo hubiera dejado caer allí a propósito, condenado a la invisibilidad, a pasar desapercibido. No, no se percibía como un libro común. Ahí, olvidado en la oscuridad, daba la impresión de brillar; incluso parecía susurrar. Sin pensarlo, me incliné y lo tomé entre mis manos, como quien carga a un cachorro recién nacido. La cubierta no era de cuero ni de tela; era de metal. Un metal gastado, con un fulgor apagado que recordaba al cobre viejo. Estaba manchado de óxidos verdes y ocres, medio arrancado del lomo, como si hubiera sobrevivido a un forcejeo entre manos desesperadas. No protegía el contenido: cargaba cicatrices.
Al abrirlo, comprendí que no estaba intacto: páginas arrancadas; manchas oscuras que no necesitaban explicación; rasguños; huellas de fuego; anotaciones en lenguas distintas, superpuestas unas sobre otras, como capas de una conversación que nadie quiso terminar. No parecía un libro trabajado por el tiempo, sino por la insistencia. Como si generaciones distintas hubieran intentado descifrarlo… y callarlo.
Ya inundada de una extraña curiosidad, me detuve en cualquier página por simple azar. No, no podía ser cierto. De nuevo hojeaba y cambiaba de página, cada vez más incrédula y con más miedo. Simplemente dar crédito a lo que había ahí, a lo que estaba descubriendo, era pedir demasiado. Reconocí de inmediato columnas cuneiformes; Sumerio. Años de estudio no dejaban lugar a dudas. Pero conviviendo con ellas, entre márgenes y renglones, aparecía el protosinaítico, antepasado directo del hebreo. Lenguas separadas por siglos, dialogando sin conflicto. Mi sorpresa era enorme, y los latidos de mi corazón así lo expresaban.
Jugué con los ángulos de la luz, con la sombra proyectada por los estantes. Entre líneas corroídas y símbolos incompletos, creí reconocer algo más: un eco; una estructura; La misma voz fragmentada que había leído en relatos sobre los anunnaki, sobre reinicios, sobre ajustes que nadie se atrevía a nombrar en voz alta. Instintivamente, lo cerré con brusquedad y, en el mismo instante, giré el rostro para comprobar que nadie me observara o se hubiera percatado de mi asombro. Continuando con esta calma fingida, lo guardé en mi bolso, sepultándolo entre papeles y pertenencias sin importancia.
Disimulada y cautelosa, terminé de ocultarlo mientras, con una tranquilidad que mi mente estaba lejos de compartir, construía un mapa mental del sitio del hallazgo. Los libros y estantes a su alrededor, el pasillo más cercano, qué ángulo marcaba la luz que provenía del vitral opuesto al estante, las cajas a su alrededor, algún aroma singular; en fin, lo necesario para, de ser posible, regresar. Esperé apenas unos segundos antes de girar sobre mis pasos. Avancé despacio entre maderas vencidas, fragmentos de estantes derrumbados y columnas de libros apilados sin orden aparente, cuidando no mover nada más de lo necesario. El pasillo parecía más estrecho ahora, como si la propia biblioteca intentara cerrarse detrás de mí. A cada paso tenía la incómoda sensación de que algo observaba desde los huecos oscuros entre los anaqueles caídos. Llegué a un pequeño claro, donde se encontraban varios de mis colaboradores y, con mi ruso españolado, me despedí de ellos:
—Ya nimnóga ustála, vernús v atél. Droog Ilyá, pradalzháyte bez minyá… —dije con tono ligero, como si se tratara de una simple despedida trivial. Los colaboradores sonrieron, creyendo que regresaba al hotel por cansancio.
—De acuerdo, doctora, descanse. La vemos luego —contestó Ilyá en su español de escuela. Nadie imaginó el peso de lo que realmente llevaba conmigo.
Mientras me alejaba, comprendí algo con una claridad incómoda: ese libro no había sobrevivido por accidente; había sido dejado atrás. Y quien deja algo así no espera ser recordado, sino ser seguido. Mis pasos me alejaban de la biblioteca y mi mente (¡siempre mi mente!) me llevó de inmediato a la «extraña» muerte de Nikola Tesla. Oficialmente, murió en soledad, en una habitación de hotel en Nueva York, viejo y olvidado. Pero nadie que entienda lo que tocó en vida puede creer ese relato con inocencia. Tesla había acariciado la transmisión libre de energía, la comunicación sin cables, la posibilidad de que la humanidad entera tuviera acceso a un poder inagotable. No en vano la Wardenclyffe Tower de Tesla, que buscaba transmitir energía inalámbrica, es comparada con los bosquejos de las catedrales de Tartaria, con mezquitas de agujas imposibles o con edificios de estructuras con geometrías resonantes.
Muchos afirman que Tesla no inventó nada, que simplemente volvió a aprender lo que Tartaria ya sabía antes del gran borrado, y esa visión lo condenó. Fue silenciado. Efectivamente, fue borrado. Mientras sostenía aquel libro entre mis manos, comprendí que su destino era espejo del mío; todo descubrimiento que amenaza las estructuras de poder está marcado, tarde o temprano, por el olvido impuesto… o por la muerte de quien lo porta. A la par de mi caminar, sentí un escalofrío: ¿sería yo la siguiente en esa cadena? La pregunta me inquietaba más, casi al punto del desgarro emocional, porque no solo la ciencia comete este tipo de crímenes; también la fe lo ha hecho.
¿No fue acaso en el Concilio de Nicea, aquel punto de inflexión en el siglo IV, donde el misterio de Jesús fue convertido en dogma? Allí se votó, se discutió y se decidió lo que debía ser verdad. Fue en ese concilio donde la resurrección se consolidó como piedra angular, no porque todos lo hubieran atestiguado, sino porque se necesitaba unificar un imperio. La resurrección «se le otorgó» oficialmente al Hijo de Dios. Y lo que quizá fue un acontecimiento luminoso y sagrado quedó atrapado en el lodo de la política, de la conveniencia, de la narrativa ajustada a las necesidades del poder.
Del mismo modo, en este concilio se definió el canon bíblico tal como lo conocemos; esto es, se establecieron las líneas teológicas que debían ser aceptadas, se rechazaron las doctrinas peligrosas y se determinaron los textos que, con el paso del tiempo, deberían desaparecer.
Así, la ciencia destruye y la fe reinventa; maquiavélicamente, una borra mientras la otra acomoda. Ambas, al final, manipulan. Y yo, atorada y enlodada entre esos dos titanes, llevaba conmigo un libro que parecía tener la misma marca, el mismo destino: el de un conocimiento condenado a ser perseguido por unos y deformado por otros.
No me dirigí al hotel; creo que eso fue lo primero que decidí conscientemente luego de que mi corazón redujera la intensidad de sus latidos. Si el texto era una broma, una falsificación ingeniosa o una coincidencia demasiado bien armada, prefería descubrirlo antes de contaminarlo con emociones viejas, llamadas incómodas o mensajes que no pudiera desdecir. Mi mente era todo un conflicto, pero sabía a quién tenía que acudir.
Mi amiga, a quien llamaré Klara por obvias razones, tenía su estudio a unos veinte minutos de donde yo estaba. Busqué en Google el camino a pie más corto y me encaminé simulando un andar de turista para pasar por un transeúnte más. Klara no era mayor que yo, pero siempre parecía haber llegado antes que el resto a casi todo. Inteligente sin ostentación; precisa sin dureza; tenía esa rara capacidad de pensar con profundidad sin necesidad de exhibirlo. Nunca fue pretenciosa; desconfiaba de quienes lo eran. Había también en ella una belleza difícil de ignorar. No era una belleza estridente ni diseñada para llamar la atención; era más bien una armonía natural que parecía acompañarla sin esfuerzo. Resultaba, en realidad, extremadamente atractiva, pero con esa discreción que poseen las personas que nunca han necesitado apoyarse en su apariencia para ser tomadas en serio. En Klara, la inteligencia siempre llegaba primero.
Había decidido permanecer soltera, no por desamor ni por desencanto, sino por una lucidez práctica: en su profesión, decía, era mejor no dejar cabos sueltos. Uno nunca sabía qué tipo de presión, chantaje o extorsión podía llegar disfrazada de intimidad. No era rencorosa, ni siquiera en los recuerdos incómodos. Aún podíamos hablar con naturalidad de cómo la había rechazado años atrás (mi interés, por entonces, siempre había estado en otra parte) sin que aquello dejara residuos entre nosotras. Tal vez por eso seguimos siendo amigas: porque ninguna necesitó poseer a la otra para permanecer.
Su estudio se localizaba en un edificio bajo, gris, anodino; el tipo de lugar que nadie miraba dos veces y que, precisamente por eso, guardaba cosas que nadie quería explicar. Klara siempre decía que la ciencia necesitaba anonimato para pensar con claridad. Frente al edificio, no sabía si lo que sentía era duda o temor. Una parte de mí buscaba el engaño en el texto encontrado; la otra frenaba todo mi cuerpo, repitiéndose que aquella comprobación no era más que un trámite.
Crucé la calle y me paré expectante frente a las puertas de madera del edificio; empujé la entrada con el hombro, cargando mi bolso con un cuidado casi ridículo. La puerta se cerró a mi espalda mientras me encaminaba al elevador. No sé por qué no me sorprendió el letrero que había en él: «Ne rabotayet» . Sonreí cansada y me dirigí a la escalera al fondo del piso. Subí rápido al segundo piso intentando ocultar mis pasos escalón tras escalón, pero la madera vieja, húmeda y rechinante frustraba todos mis intentos.
Llegué al segundo piso, y una puerta a medio abrir o a medio cerrar no detenía el paso de nadie; al contrario, invitaba a traspasarla. Atravesé el marco mientras observaba a una mujer sentada al fondo de la habitación, rodeada de lámparas, anaqueles a medio abrir llenos de equipos y botellas con quién sabe qué sustancias. Había papeles y libros sin orden alguno sobre un par de mesas largas de metal. A un lado, un cenicero saturado de colillas a medio consumir, como si ninguna combustión hubiera llegado nunca a completarse. Ceniza sobre ceniza. Fuego interrumpido. Pensamientos apagados antes de tiempo. Finalmente, una ventana por donde se colaba una muy suave brisa y el murmullo de la calle.
—Privet, Klara. Syurpriz —mascullé mientras caminaba hacia ella buscando el libro en el bolso.
—Si traes otro manuscrito maldito, te juro que no pienso tocarlo sin guantes —dijo Klara sin levantar la vista del microscopio. Sonreí apenas mientras apoyaba ambas manos sobre el borde de una de las mesas, recuperando el aire perdido tras los dos pisos por escalera.
—Qué exagerada.
—La última vez me trajiste un códice del siglo XVI con esporas activas —respondió Klara— estuve tosiendo latín durante una semana.
Dejé mi bolso sobre la mesa metálica y deslicé el texto hasta colocarlo frente a ella.
—Necesito que me ayudes a comprobar la antigüedad de algo —dije.
Klara levantó la vista. Sus ojos no se detuvieron en mí, sino en el objeto.
—¿«Algo» como papel viejo... o «algo» como lo que te está quitando el sueño?
—Las dos cosas.
Klara me miró con esa expresión que mezclaba amistad, cansancio y una curiosidad peligrosa.
—¿Qué hiciste ahora?
Respiré hondo y le acerqué más el libro; ella frunció el ceño.
—No me mires así —recalqué—. No muerde, no hace nada.
—Eso decías del último.
Sin pensarlo dos veces, se colocó los guantes y no hizo más preguntas. Tomó el libro y lo deslizó bajo una lámpara de luz blanca. Sus movimientos eran precisos, casi cariñosos, como si el objeto pudiera reaccionar mal ante la torpeza.
—¿En tu bolso? —dijo—. ¿Sin guantes? ¿Sin protección?
—Lo sé, mujer, el tiempo era oro y...
—Siempre lo es —interrumpió.
Tomó una muestra mínima del borde de una página dañada.
—Puedo, ¿verdad?
—No creo que esperes una respuesta.
Mientras preparaba el equipo, me miró de reojo.
—A ver, dime, ¿qué buscas exactamente?
—Pues lo de siempre. Datación; composición. Lo que no cuadre.
—Te conozco. Dime, ¿y si cuadra demasiado?
—Entonces seremos todo un Apolo 13: ¡Klara, we have a problem!
Klara sonrió de lado.
—Ah, mi escenario favorito.
Colocó la muestra en un equipo frente a ella y, luego de un par de movimientos mecánicos y repetitivos, se alejó y observó la máquina a distancia. Mientras el equipo y la muestra comenzaban su diálogo, el silencio se volvió espeso.
El libro, bajo aquella luz clínica, ya no parecía antiguo ni moderno; era otra cosa. Incómodo; fuera de lugar. La pantalla junto al equipo emitió un par de sonidos que hicieron que ambas nos inclináramos un poco para poder leer lo que arrojaba en ese momento.
—El papel no es medieval —murmuró Klara—. Tampoco industrial.
—Doctora Klara, por favor, explícate; no me vengas con eso. ¿Cómo que no es industrial?
—¡Novatos! Pues no, no hay rastro de pulpa mecanizada, pero tampoco de fibras clásicas. Esto es… híbrido.
Cerré los ojos e incliné la cabeza hacia atrás, como si aquel pequeño gesto pudiera acomodar el ruido de pensamientos y palabras que comenzaban a amontonarse dentro de mi cabeza
—Por favor, no empieces.
—No estoy empezando nada —respondió—. Estoy terminando certezas.
Tomó otro pequeño pedazo del texto, esta vez con tinta, y lo colocó de nuevo dentro del equipo. Tomé la caja de cigarros medio abierta que descansaba junto a los documentos de la mesa. Saqué uno con movimientos lentos, casi automáticos, y lo encendí sin demasiada ceremonia. El humo me raspó apenas la garganta al primer intento, cálido, áspero, suficiente para mantener las manos ocupadas mientras intentaba ordenar todo lo demás. Un par de minutos después, otro par de pitidos en la pantalla.
—Hierro-galato —dijo Klara—. Hasta aquí, normal.
—«Hasta aquí» suena a amenaza.
—Porque lo es. Hay trazas que no deberían estar juntas, como si alguien hubiera mezclado procesos separados por siglos… a propósito. —Apoyó las manos en la mesa y me dirigió esa mirada que busca respuestas antes de preguntar.
—¿Falsificación? —me adelanté de inmediato.
—No lo creo. De ser así, sería la más cara, compleja y absurdamente innecesaria que he visto. Y lo sabes, he visto cosas. —Klara se quitó los lentes y los sostuvo unos segundos entre los dedos antes de girarse. Sus ojos se clavaron en mí con una intensidad incómoda, demasiado fija, demasiado consciente. Y, al mismo tiempo, con esa mínima sombra de miedo que aparece cuando una teoría deja de parecer absurda. Me miraba a mí, como si intentara descubrir cuánto sabía realmente… o cuánto estaba ocultando—. ¿Se puede saber dónde lo encontraste?
—En una biblioteca que no debería nombrar… porque no existe.
—Claro, claro. Ahora no empieces tú también.
Klara se colocó las gafas de nuevo y se acomodó en la silla. Miraba la pantalla y leía. Un par de veces, sus dedos tocaban el monitor y me miraba de reojo. Luego de unos minutos, volteó a verme y se cruzó de brazos.
—Esto no tiene sentido —dijo finalmente—. El carbono sugiere una antigüedad imposible para la estructura del papel. Y la tinta…
—¿Qué pasa con la tinta?
—Tiene correcciones térmicas. Como si hubiera sido diseñada para reaccionar al calor de manera controlada.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. La parte de mí que buscaba el fraude estaba muriendo.
—¿Y eso no se hacía?
—No —respondió Klara—. Peor: no se enseñaba.
Dejó escapar una pequeña sonrisa, de esas que aparecen cuando algo empieza a resultar incómodamente lógico. El silencio se instaló entre nosotras durante unos segundos. Afuera, los automóviles seguían arrastrando su ruido constante entre las avenidas, alguna sirena rompía la distancia de vez en cuando y varias voces se mezclaban desde la calle con la naturalidad de un mundo que todavía ignoraba lo que estaba ocurriendo aquí arriba.
—Dime la verdad —añadió finalmente, inclinándose apenas hacia mí—. ¿Qué es esto para ti?
Mi expresión de duda e incertidumbre era más que evidente. Klara sostuvo mi mirada con esa paciencia peligrosa de quien ya sospecha la respuesta y solo espera escuchar cómo alguien intenta negarla.
—¿Un texto? —preguntó al final, con una ironía tan leve que casi parecía compasión.
—No —negué con la cabeza.
Klara apoyó los dedos sobre la mesa, observándome con una mezcla incómoda de curiosidad y paciencia.
—Entonces… ¿una hipótesis?
—Tampoco…
La palabra apareció antes de que pudiera detenerla.
—Una… interrupción.
La sonrisa de Klara no expresó sorpresa, sino la incómoda calma de quien comprende que ciertas ideas no convencen porque sean absurdas…, sino porque encajan demasiado bien.
—Claro —murmuró—. Porque eso de “manuscrito antiguo” ya no era suficientemente preocupante, ¿no?
No respondí. A esas alturas, incluso pronunciar ciertas ideas comenzaba a sentirse como abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo esperando.
—Bueno, al menos eso ya suena más honesto —subrayó ella meneando su cabeza. Ambas volvimos la mirada al manuscrito. Klara deslizó los dedos enguantados sobre una de las zonas oscurecidas, inclinándose apenas hacia la lámpara—. Curioso… —murmuró—. Aquí, y en varias partes más, alguien intentó borrar algo. —Frunció ligeramente el ceño mientras observaba las fibras quemadas del material—. Y créeme, no fue con agua… Tampoco raspando… Parece más algo así como… Sí, calor. —Levantó la vista hacia mí—. Es como si alguien hubiera querido ocultarlo…, pero no destruirlo del todo. O como si supiera que alguien más, tarde o temprano, intentaría revelarlo otra vez.
Unos instantes de reflexión se intentaban instalar entre nosotras, pero el lejano y presente bullicio de la calle nos hacía regresar a la sala. Nuestras miradas se encontraron y Klara terminó refugiándose nuevamente en el texto.
—Mujer, sabes que eso no es censura —dijo finalmente—. Es instrucción.
—¿Antigüedad? —pregunté al fin girando mi cuello un par de veces como destensándolo, como ignorando su aseveración.
Klara tardó unos segundos en responder.
—Es complicado así como así, pero lo que sí te puedo decir es que, si esto fuera un paciente, te diría que nació mucho antes de lo que creemos… Pero que alguien se ha empeñado en intervenirlo demasiadas veces.
—¿Y, es posible saber cuántas veces?
Klara recorrió nuevamente las marcas del manuscrito con los dedos enguantados.
—Ja. Eso es todavía más difícil, pero créeme que son las suficientes para que uno sospeche que alguien quería mantenerlo con vida.
Solté una risa seca, nerviosa e irónica.
—Perfecto, lo que faltaba. Un texto con historial clínico.
—Y con cicatrices —añadió Klara—. Y créeme, cuando algo se falsifica deja heridas distintas y aquí, aquí no las veo. —Levantó apenas una ceja—. Si hay alguien en esta ciudad que sabe reconocer una operación mal hecha, modestia aparte…, soy yo.
Sonreí entre convencida y resignada. Tomé el libro con más cuidado del que estaba dispuesta a admitir y lo guardé nuevamente en mi bolso. Klara observó el movimiento en silencio antes de continuar.
—Mira, no puedo darte una fecha exacta. Al menos, no todavía. Pero sí puedo decirte algo con bastante seguridad.
—¿Qué?
Klara sostuvo mi mirada el tiempo suficiente para hacer incómodo el silencio entre nosotras. Aclaró su garganta y continuó:
—Esto no es moderno. Y tampoco medieval… Al menos no en el sentido cómodo de la palabra.
—¿Entonces? — intervine inquieta.
Ella ladeó apenas la cabeza y analizó mi mirada divertida.
—Entonces, este texto fue escrito con una comprensión que su propia época no habría sabido sostener sin llamarla milagro, herejía… o ambas. —Apoyó la cadera contra la mesa.
Dejé escapar el aire con cansancio, me llevé ambas manos al cabello y lo desordené hacia atrás con evidente frustración. Di un par de pasos alrededor de la mesa antes de volver a acomodármelo casi de inmediato, como si intentara reorganizar también las ideas que acababan de instalarse entre nosotras.
Caminé despacio entre las mesas de la sala, evitando mirarla durante unos segundos. Me detuve intentando aparentar una calma que claramente ya no tenía; busqué un espacio libre entre las colillas y la ceniza acumulada del cenicero y dejé el cigarro descansando ahí. Solo entonces me atreví a mirarla:
—¿Te das cuenta de que esto es una noticia terrible?
—Sí —contestó sin apartar la mirada del bolso—. Por eso empieza a ser interesante. —Se quitó los guantes y los dejó caer sobre el bote metálico de basura—. ¿Vas a seguir con esto? —preguntó finalmente, ya sin ironía.
Miré el bolso como si pudiera sentir el peso del manuscrito respirando detrás de la tela.
—No creo que me estés dejando muchas alternativas.
Klara sonrió apenas.
—Nunca las tienes cuando vienes aquí.
El ruido distante de una sirena atravesó la ventana antes de desvanecerse entre los edificios.
—¿A quién vas a llamar primero? —disparó su pregunta sin pensar.
Dudé otra vez. Aunque, en el fondo, ambas sabíamos la respuesta desde hacía rato.
—A alguien que probablemente se alegrará de saber de mí… hasta que descubra lo que pienso poner frente a él.
Klara miró brevemente hacia la puerta del laboratorio antes de volver hacia mí. Cuando habló, su voz había perdido casi todo el sarcasmo:
—Es fuerte esa decisión. ¿Es realmente tan importante como parece?
Asentí. Cerré el bolso con más cuidado del necesario y comencé a caminar hacia la salida de la sala.
—Gracias… de verdad.
Klara regresó a su lugar frente al microscopio, retomando sus movimientos con una normalidad demasiado precisa, casi artificial, como si ambas necesitáramos fingir por unos segundos que aquella conversación no acababa de alterar algo importante.
El zumbido tenue de los equipos volvió a mezclarse con el murmullo distante de la calle y una leve brisa movía apenas los filos de algunas hojas sobre la mesa. Sin apartar demasiado la vista de la mesa, tomó la cajetilla abandonada junto a varios documentos, extrajo un cigarro y lo encendió con una familiaridad cansada, como quien necesita ocupar las manos mientras decide qué tan preocupada debería estar realmente. El humo comenzó a elevarse en espirales irregulares bajo la luz fría del laboratorio.


